Una conversación con Daniel Lezama


"Desayuno entre cuadros" de Antonio Calera-Grobet


Ni siquiera son las 9 de la mañana y por encima del ruido se escuchan aún decenas de pájaros en trino sobre los árboles: es indudable que esta zona de la ciudad ya despertó y lo hizo un tanto de mal humor. Compro unas viandas en el Mercado de San Juan, y paso por un café al Villarías. Llego al taller. Me rodean los nuevos cuadros de Daniel Lezama. En silencio casi absoluto. Algunos casi acabados, otros abocetados, unos ya listos para embalarse. Daniel ha salido un momento de su estudio, un galerón (¿galeón?), empotrado en una vieja vecindad de Luis Moya. El pintor Arturo Ocampo, su asistente y amigo mutuo, provee la música concreta. Prende las luces del lugar, lava algunas cosas, remueve bocetos, pinceles, paletas, tubos de pintura. Nos servimos una nube de café y acomodamos las sillas. Daniel llega con un pedazo de pan al que embarramos mantequilla y jalea de chabacano. Luego comemos algo de jamón español. Esto ya es un desayuno, que es un diálogo entre amigos, y que es una entrevista para quien quiera adentrarse en la vida cotidiana del que, para muchos, es el mejor pintor de la escena mexicana. 

Antonio Calera (AC): Veo que tienes un libro de Ricardo Garibay en la mesa. ¿Te gusta? ¿Lo lees? Aprovecho el objet trouvé para preguntarte por un tipo de artista mexicano que ya no existe. Tal vez no estés de acuerdo, pero creo que tipos como Garibay ya no existen. Él era de los duros (¿el Hemingway de Morelos?), de madera maciza y no de conglomerado de aserrín. Y no quiero decir esa pocilga de que eran tipos cargados de testosterona, pero sí que eran tipos menos tirados al glamour del oropel, por no decir que a la vida fácil.  Hombres serios en el aspecto de darle a la vida con tubo. Más rupestres, rurales si se quiere, pero reales, a mucha honra. Dime qué piensas sobre ello.

Daniel Lezama (DL): El maestro Garibay era genial, me encanta… fue una lectura básica de mi juventud. Estoy de acuerdo a grandes rasgos en tu descripción, pero hay que ponerle contexto. Era un hombre de clase media baja de la postrevolución, de espíritu recio, que nada tenía que ver con el cosmo-pueblito en que los intelectuales de los sesentas quisieron convertir al México de entonces. Y el tenía mucho conflicto con esa clase dorada del jet set, de los intelectuales de alfombra peluda y sillones de plástico que ya tenían un pie en la luna – él también quería pertenecer a ella, pero lo llamaban cosas más profundas, y esta contradicción le causaba malestar, un malestar sobre el cual, por cierto, era muy abierto en su escritura. Era machista, malhumorado, un políticamente incorrecto avant la lettre.

AC: Caigo en cuenta que este espacio reclama un relato. Me refiero a que no hemos platicado mucho sobre tu taller, aunque hemos pasado grandes momentos en él. Del espacio que te alberga añales y que poco a poco fue acumulando las señas de identidad que lo convierten, más que un atelier romántico de enciclopedia, en una fábrica, un cuarto de máquinas hecho y derecho que suda su historia profusamente. Huele a mezcal y óleo, a fiestas y a soliloquios empedernidos. Huele a preguntas y tentativas de respuesta. Trabajo de pura fibra. ¿Cómo te trata, cómo te protege, como te guarece de tu colonia o te avienta a ella?

DL: Ni atelier ni fábrica. Es un espacio de trabajo y de diálogos interiores, muy inconexos, a los cuales mi pintura intenta hallar clave. Tengo aquí mis horarios, mis prácticas cotidianas, mi ritmo. Me guarece más que aventarme, lo cual es bueno pues soy más hombre de mi casa que otra cosa. No voy casi a ningún lado alrededor de mi taller, cada vez menos, solo a comer con amigos o por asuntos de trabajo, algunas pequeñas compras.

AC: Eres un pintor que acostumbra, como mandan los cánones, leer el periódico, un creador que también se acerca a la literatura como una ciencia auxiliar del espíritu. ¿A quién te gusta leer para lograr remanso o bien para provocar acción? Dinos tus autores predilectos.

DL: En el periódico me gusta leer cosas incisivas, me gustan Marín, Reverte y Jairo en Milenio. Las pocas veces que leo en el taller me voy por ensayos, que me resultan muy estimulantes, Pogue Harrison, Quignard, Lopez Austin, cosas así. Estoy releyendo por milésima vez Mi Vida Secreta, de Anónimo, tengo los dos tomos originales de dos mil páginas, totalmente inconseguibles.

AC: Hablemos del Centro Histórico, por el que hemos dado tantas vueltas. La pregunta de siempre: ¿por dónde va el Centro Histórico? ¿Cómo te habla hoy por hoy ese pedazo de México que tanto conoces y que te recibe día con día, desde temprano hasta que se va la luz?

DL: Mi taller está incrustado en un edificio porfiriano, todavía medio vacío, un lugar secreto, pero el ruido y la vida del centro son cada vez más apremiantes a la puerta. El edificio se puebla. Los decibeles crecen. El perímetro B está en pleno proceso de reformulación y gentrificación, todo el mundo te conoce, pasea en ecobici, la encuentras comprando baguettes o caguamas… siento la hostilidad de un mundo que cambia muy rápido, un centro cada vez mas neoyorquino, lleno de mimos, teporochos que te increpan, gente abigarrada que de tan interesante ya aburre. Yo conocí otro Centro que me satisfacía mucho mas. Me trata bien todavía pero no va a ser para siempre. Me temo.

AC: Dime qué es lo que más te molesta ahora del Centro Histórico, por favor. Qué crees que es urgente cambiar y ya nos estamos tardando. Seguridad, limpieza, orden en el plan de manejo, infraestructura. Lo que creas más apremiante.

DL: Me molestan mucho las grandes calles peatonales. Lo que funciona en callejones y calles pequeñas es un enorme error en vialidades troncales. Trae una falsa vida a la zona. Parecería más cultural, mas “vibrante”, pero en realidad genera comercio chatarra y es un refugio donde se estanca la gente que sale del trabajo o de la escuela. ¿Cerrarías Broadway, la 57, al tránsito de autos? Y es increíble que el retiro de ambulantes sea a modo. ¿Qué pasa en el Eje Central? Sigo pensando que ante la ley hay ciudadanos de distintas categorías. La limpieza y la seguridad parecen estar avanzando, aunque muy lentamente. El llamado Perímetro B es un basurero todavía.

AC: Siendo tú un empedernido coleccionista de autos antiguos o modernos, ¿qué piensas del uso de la bicicleta en el Centro Histórico o la ciudad? Son miles ya los usuarios del programa de ecobici, ¿por ejemplo? Entiendo que tienes un viejo conflicto con el Metrobús.

DL: El uso de la ecobici me parece práctico y sano para trayectos cortos, para vidas localistas, de barrio, mientras todos aprendan a convivir en el mismo espacio y sin carriles confinados. Los carriles confinados deben llegar cuando la masa de usuarios de bici sea enorme, y para eso falta un rato. Yo tengo una vida muy complicada, voy de un lado a otro de la ciudad, tengo familia y amigos y jamás podría dejar el coche, punto. Muchísima gente es como yo, y tiene derecho a hacerlo también, sin obstrucciones ni descalificaciones de parte de sectarios o demagogos. Ayer fui a Bellas Artes, tardé media hora en entrar al estacionamiento. Homenaje de Toledo a Posada, maravilloso: había 30 gentes. Lo que está lográndose es que los únicos visitantes al Palacio sean estudiantes de prepa echando novio. Creo que proponer un metro para que en él vayan todos a todas partes, es una fantasía absurda en un país pobre y sobrepoblado. Algo parecido pasa con el Metrobús… parece cumplir engañosamente con la necesidad de un Metro subterráneo, pero esta falsa equivalencia se da a través de la destrucción de avenidas troncales donde circulaban grandes cantidades de vehículos. No puedo dejar de verlo como un asunto de política, pues construir un Metro –que da resultados que duran décadas o siglos (ve el caso de París)–, es mucho mas tardado y costoso, y no provee dividendos electorales rápidos. Mucha gente, la mayoría aún, nos guste o no, seguirá ocupando el coche siempre y habrá que abrirle paso franco si queremos reducir la contaminación y democratizar la vida pública. 

AC: Te quiero poner en jaque, regalarte un trompo a la uña. Yo ya no quiero más a los políticos. Basta. Fue demasiado. Todos me parecen provenir de la misma mierda y, por si fuera poco, parecen más que entregados en cuerpo y alma en regresar a ella. Todo es desidia, ego, mediocridad. Confío más en los animales. Y en algunos artistas. ¿Es hora de deslindarnos de ellos? ¿Qué se nos viene? ¿Cómo crees que es ese toro que se le viene a México?

DL: Me gusta que coloques a los artistas por debajo de los animales. En última instancia, los artistas carecemos de la pureza elemental a la que aspiramos… Pero es un hecho que el político cae al plano más bajo por el simple hecho de apuntalar una estructura que jerarquiza la toma de decisiones que debieran ser individuales. Mi espíritu es anarquista; yo sé que cuando alguien sobresale de una comunidad como líder es por su temperamento voluntarioso y la voracidad de su afán de reconocimiento, y por la respuesta sumisa de los demás. Esta simple ecuación es el fermento de todo poder y autoritarismo, y fundamenta toda actividad política, aun la más sofisticada y acotada. ¿Deslindarnos? México es un país que siempre se ha deslindado en gran medida de su clase gobernante, sin dejar de sostenerla con justificado fatalismo, pues dicha clase es su hijo… Este no es un país de espíritu dialéctico, donde pudiera tener sentido una lucha de clases o un cambio político. Es algo que ya se demostró desde antes de la Revolución. Esta nación es una familia disfuncional pero llena de pragmatismo e intuición para la oscuridad de la existencia.  Un político le basta con entenderlo muy bien para sostener vivo al país mientras se derrumba en una lenta agonía, como Pedro Páramo en su equipal esperando reunirse con su amada. No es algo que la derecha o la izquierda mexicanas siquiera empiecen a vislumbrar. Por eso volvió el PRI. ¿De qué es hora? De darle la espalda a la política de una vez por todas… si nos deja. En cuanto al toro que se nos viene, es el mismo desde el principio de los tiempos mexicanos: sobrevivir, reconciliarnos, tener compasión, soñar.

AC: Sé de buena fuente que te has acercado a la fiesta brava, un referente viejo, arracimado en la cultura hispana, que no pensé que pudiera cautivarte. Y es más: sé que lo entiendes muy bien y te ha gustado sobremanera. ¿Qué te ha suscitado tal el encontronazo? ¿No lo crees un infinito surtidor de metáforas de nuestra propia vida?

DL: Yo había estado en los toros, contigo, por cierto, la primera vez, y sabes que siempre me encantó. Lo que pasa es que estoy en una etapa de mi vida donde todo me emociona y donde tengo un tremendo impulso de acercarme activamente a cosas nuevas y poderosas. Para mí, es además un territorio arcano y añejo donde la afición está llena de genuina democracia, camaradería y pasión. ¿Dónde más podemos ver a la gente toda, pobre, rica y media, exaltándose en masa por la forma de los actos y las cosas? Los conciertos de rock ya son rutinas sociales especializadas si lo comparamos con la suerte antigua y honda de la lidia. Es un milagro, por cierto, que la fiesta brava siga adelante ante el asalto de lo políticamente correcto. Eso habla de la grandeza mexicana y se agradece día con día.

AC: El toro. Háblame del toro como bestia mítica. Por ejemplo: El toro de lidia, ¿de qué es metáfora?

DL: ¿Lo será de algo? Yo lo veo como un animal pleno, total, muy lleno de lo que es, casi sin espacio para la metáfora. Su crianza es un maravilloso esfuerzo de regresión a la naturaleza salvaje, ajena a la llegada del hombre. Lo que para mí es eminentemente significable es el acto del enfrentamiento, de la faena y su forma. Es un ejercicio formal que te remite a un acto de seducción sexual a través de una inversión de roles por parte del matador, un gesto ejemplar que nos recuerda las fuerzas ocultas que subyacen a la vida social y a la misma existencia. Y en los hechos concretos, nos demuestra la necesidad de tocar y transgredir físicamente las fronteras de la vida con la muerte, y de lo natural con lo humano. Una necesidad apremiante pero que nuestra sociedad mediática soslaya por completo.

AC: Hablando de animales. No recuerdo tu forma de pensar sobre las mascotas. Al parecer, México ha entendido, luego de mucho tiempo, que son espiritualmente necesarias. Los orientales o árabes lo supieron hace milenios. Lo animales son nuestra manera de darle la vuelta a la modernidad salvaje. ¿O no? 

DL: México no me parece un país con una relación sana con sus animales. En el imaginario colectivo, el perro pasó de ser compañero estoico del campesino o del caminante, a fuente de comida callejera y, por último, a receptáculo de neurosis personales. No le veo un papel de fondo aquí. No creo siquiera que la ciudad de México sea mínimamente adecuada para tener un perro o un gato en libertad parcial o total. No conocemos la institución del patio, del área natural a nuestro alrededor, que es el espacio de amortiguamiento natural de una mascota casera, algo que creo se entiende mejor en el mundo anglosajón. El gato es otra cosa, tener uno es un ritual secreto y me parece intemporal. Ciertamente es un tema que la moda pasa por alto.

AC: Nuestra amistad ha girado alrededor del arte. Y más. Se ha catalizado por el arte, la literatura, pero también, y quizá de manera más categórica, de la comida. Cientos de botellas y kilos de carne después, dime por favor, cómo es que el acto real de comer, en sentido profundo, ha marcado tu vida. ¿Lo consideras una especie de ritual pagano absolutamente necesario?

DL: Así es: Amen, Amén. El arte sólo es –aunque no es poca cosa–, un proceso de autoconocimiento y desbastamiento interior que nos ha convertido a ti y a mí en las personas que somos. Y nos ha permitido como resultado colateral hacer de nuestros deseos objetos tangibles, y además, por suerte, vivir de ellos. Y entonces hemos podido hacer el arte a un lado y ser hermosos seres que saben vivir y disfrutar. Cuando nos conocimos tú y yo, ya estábamos muy hechos a ese recorrido, y desde entonces respiramos el aire del compañerismo y el calor de las cocinas y la paz del entendimiento de las cosas sin estar apremiados por nuestras realizaciones… y ahora podemos hablar de cualquier cosa y vivir todas las cosas que nos toque vivir. Y también aprenderemos a morir. No se puede pedir más.

AC: ¿Qué te gusta comer ahora, ya artista consumado en la materia?  Por cierto, recuerdo que una de las primeras reuniones que tuve contigo tú cocinaste. ¿Te acuerdas? Hiciste un perfecto gumbo, un guiso de Luisiana, de Nueva Orleans. ¿Sigues cocinando?

DL: Nunca he cocinado mucho. Me fascina pero es un ejercicio que te absorbe y domina tu tiempo y siempre, quien sabe porqué, he tenido un calendario muy cargado… soy de aquellos que se ocupan de mil cosas, propias o ajenas. El gumbo me viene de mi madre, una neoorleanesa por adopción; es un guisado complejísimo, fastuoso, reconfortante y muy dúctil a las modificaciones. Un caldo espeso, dorado o color madera, que potencia los sabores de las verduras, especies y carnes que lo componen, simultáneamente enalteciéndolos y sometiéndolos al llevarlos a un lugar distinto. Esa acción, para mí –esencialmente un conservador en términos culinarios, y tal vez en muchos otros–, es la esencia de un gran platillo. Eso creo que pasa con las fabadas, los briskets, los cassoulets, la bouillabaise, el arroz a la tumbada, el frijol con puerco… los grandes platillos old school. Hoy en día me encanta comer bien pero me modero un poco y espacío las bacanales. Me gustan las carnes y los platillos tradicionales, una gran ensalada, los sabores y las texturas más que las cantidades. En este momento estoy en éxtasis con la llegada de La Parroquia de Veracruz a la capital; por siempre comería gordas infladas con chicharrón y panes con nata si pudiera…

AC: Viene una exposición pronto para la Galería Hilario Galguera. Quisiera que compartieras un tanto sobre el trabajo que se exhibirá ahí. Veo un cambio en tu pintura. ¿Cuadros más aireados, propios quizá de una destilación de elementos, obras en una composición un tanto menos barroca? Y veo una imagen simbólica entrometerse con fuerza cada vez más en tus historias: me refiero al árbol. Metáfora de metáforas. Llanuras y árboles. Limpieza. Limpidez. ¿Me equivoco?

DL: Es Tamoanchan, una expo sobre árboles y dispositivos, con obras de varios grupos de producción de los últimos 3 años, abrochados por el tema de la madera/madre, las frondas y el bosque animado. No estás lejos de la verdad: mi trabajo siempre tendrá un componente complejo y barroco, tanto visual como temáticamente. El grupo de piezas en el que estuve trabajando en este pasado reciente y al que te refieres era muy un tarot, una heráldica o emblemática, que requería composiciones más sencillas. Eso  es todo. Aunque te diré que sí hay un proceso misterioso de simplificación, en cuanto a la complejidad y peso de las referencias. La ecuación se despeja lentamente, los elementos y las esencias ya empiezan a desnudarse. Me gusta.

AC: Por cierto que veo en la Galería Hilario Galguera a una casa que te sienta bien. En mi opinión, Hilario Galguera es, más que un personaje creado por sí mismo, un verdadero artista: un arquitecto de proyectos, enamorado de la poesía en sentido amplio. Lo tengo en una particular estima. ¿Cuál es tu relación con él y su figura como galero y promotor?

DL: Así es. Hilario es mi amigo, mi hermano, un ser humano maravilloso y muy extraño. No es fácil convivir con él, es huidizo e intensamente privado, pero está muy cerca de mi corazón. Es otro monstruo antediluviano como los que citaste al principio de esta charla, un leviatán. Desde hace mucho mi trabajo con la galería ya tiene alcances que rebasan el tema de la amistad.

AC: Por último, te pido reacciones a esta puya: ¿Qué piensas del amor en estos tiempos en que todo es “punto com”, todo es corporativo y hasta emociona a algunos que ya se vendan las almas al mayoreo?

DL: Pues yo como dijo Juanga: “Amo y me aman”. Y vaya que no hay nada más importante.